Cuentan que hacia el año 900 una gran flota vikinga fue avistada en la costa Lucense, en concreto, en la embocadura de la ría de Foz, lugar de paso de peregrinos y peregrinas por el Camino de la Costa, lo cual causó un enorme temor y miedo entre los focenses. Por entonces, los invasores normandos cuando se presentaban en los litorales europeos eran feroces y despiadados guerreros que se dedicaban a saquear pueblos y ciudades, esclavizar a sus habitantes y rapiñar las riquezas que encontraban a su paso. Así, los habitantes de Foz, horrorizados, huyeron despavoridos hasta Mondoñedo, donde hallaron en su Catedral Basílica de San Martiño (en la foto) al «Bispo Santo» Gonzalo, un anciano clérigo muy respetado, que todavía no era santo, reunido con el Cabildo de la localidad al que conminaron a reunir un ejército y empuñar las armas contra la flota vikinga recordando, además, al prelado que su nombre significaba «dispuesto a la lucha». Pero la autoridad eclesiástica, como respuesta, requirió una pesada cruz que alzó sobre sus hombros mientras comenzaba a caminar.
